Yo, Daniel Blake

I, Daniel Blake, Reino Unido-Francia-Bélgica, 2016, 100 min.

Dirección: Ken Loach. Guión: Paul Laverty. Fotografía en color: Robbie Ryan. Música: George Fenton. Edición: Jonathan Morris. Con: Dave Johns (Daniel Blake), Hayley Squires (Katie), Dylan McKiernan (Dylan), Briana Shann (Daisy), Kate Rutter (Ann), Sharon Percy (Sheila). CP: Sixteen Films, Why Not Productions, Wild Bunch, Les Films du Fleuve, Le Pacte. Prod: Rebecca O’Brien, Pascal Caucheteux, Grégoire Sorlat y Vincent Maraval. Dist: Caníbal.

Daniel Blake, un carpintero de 60 años, se ve obligado a acudir a los servicios sociales para solicitar ayuda después de tener problemas cardiacos. A pesar de que el médico le ha prohibido trabajar, la administración lo obliga a encontrar un empleo o de lo contrario recibirá una sanción. Junto a una madre soltera con dos hijos, Daniel intentará superar la situación, enfrentándose a exigencias burocráticas que se convertirán en un conflicto para ambos. En esta cinta, el veterano cineasta Ken Loach diseña una mordaz crítica hacia el gobierno británico que sigue la vena de su trabajo fílmico: un cine político, humanista y contestatario con una estética hiperrealista que se centra en la clase obrera.

Premios y Festivales:

2016 Palma de Oro y Mención Especial del Premio del Jurado Ecuménico. Festival de Cannes. Francia. | Premio de la Audiencia. Festival Internacional de Cine de Locarno. Suiza. | Premio de la Audiencia. Festival Internacional de Cine de Donostia-San Sebastián. España.

2017 Premio BAFTA al Mejor Filme Británico. Academia Británica de Cine y Televisión. Reino Unido.

Ken Loach

Nuneaton, Reino Unido, 1936

Influenciado por la narrativa del Free Cinema y el documental inglés de los años treinta, desarrolló gran parte de su trabajo como una crítica a la llamada política del Estado de Bienestar. A partir de Kes (1970), se consolidó como uno de los cineastas más políticamente comprometidos de su país.

Crítica:

Uno pensaría que la sofocante centralización de la industria cinematográfica de hoy en día habría alentado la creación de un sólido cine político y contestatario. Pero las tiranías homogéneas de los productos comerciales, respaldadas por los estudios y las redes sociales, se han vuelto muy poderosas y no dejan escuchar a las voces alternas. Lo paradójico es que, a pesar de las parábolas religiosas de la extrema derecha, el tipo de agitador humanista de izquierda en el cual Ken Loach ha focalizado su trabajo desde 1966 (con la representación de la falta de hogar y la pobreza sistemática en Cathy Come Home) es en gran parte inexistente en esta era de indignación.

Así que tiene sentido que Yo, Daniel Blake, sirva como recordatorio de la capacidad del cine para generar simpatía por los oprimidos. La crítica de Loach contra el Estado británico y su deshumanización burocrática hacia los necesitados es brutal, directa, y a su vez golpea fácilmente el nervio populista. La película sigue a detalle la vida de Daniel Blake, un carpintero de 60 años, y su camino a través de tediosos procesos burocráticos del gobierno para asegurar el mantenimiento de sus derechos sociales, disponibles si acredita que tiene un empleo. Sin embargo, debido a sus problemas del corazón, él no puede trabajar.

Junto a Katie, una madre soltera con dos hijos, Daniel sorteará la ironía inhumana de funcionarios que bloquean toda resolución, empuñando portapapeles y plumas como escudos y dagas. La situación es una reflexión sobre la pérdida de confianza de los ciudadanos hacia su gobierno, donde sobresale la deshumanización de un proceso de evaluación interminable por parte del Estado, particularmente implacable para los adultos mayores que quizá ni siquiera saben usar una computadora. No obstante, Daniel se convierte en una especie de héroe de la clase obrera, aunque Loach podría tomar ese mando, ya que su película se transforma en un punto de debate público, sin importar esa Palma de Oro que obtuvo en Cannes.

Fragmentos de un texto de Michaek Koresky

Film Comment (filmcomment.com)

Nueva York, noviembre/diciembre de 2016

Traducción: Edgar Aldape Morales