Jesús Eduardo López Ruiz

Nació en Apatzingán, Michoacán, en 1910. Fue poeta y fotógrafo. Estudió en el Colegio de San Nicolás y desde muy joven figuró entre los poetas del efímero Ateneo Michoacano “Donato Arenas López”. Colaboró en la revistas Cristales y Azul, así como en el periódico Para todos. Publicó el poemario Voces de juglar, 1979. La mayor parte de su producción lírica quedó dispersa en los medios impresos de su época.

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Distancias

Tú me quieres ardiente, que reviva,

que te dé el calor que Eros me trajo.

Tú has vivido al calor de los de arriba,

yo he temblado del frío de los de abajo.


Es imposible arder, porque en el hielo

aún el fuego volcánico se apaga.

¿Cómo halagarte mi desvelo

si es nomás vanidad lo que te halaga?


Tú eres cumbre nevada entre las nubes,

yo soy trópico, sí, en los pensamientos;

tú sabes del cantar de los querubes,

yo sólo del llorar de los hambrientos.


¿Esperar?, esperaré si es lo que queda,

¡Cuántas veces la espera es milagrosa

y la hoja selvática que rueda

se convierte en galana mariposa!


Entonces arderé; cuando alcanzarte

puedan mis alas débiles e impunes;

entonces te veré, cómo al quemarte,

¡en cenizas de amor te me consumes!


Entonces quemaré tu egolatría

y el pedestal marmóreo de tu orgullo;

podré entonces decir que tú eres mía

sin que puedas decir que yo soy tuyo.


Ha de llegar el día, princesa altiva,

que te dé el calor que Eros me trajo.

¡Cuando pueda cantar con los de arriba

Y tú sepas llorar... con los de abajo!


Súplica

Señor:

Yo no tuve la culpa al adorarla.

Fue una dulce pasión con que me heriste,

y hoy que sufro por ella, al recordarla,

lloro mucho, Señor, y estoy muy triste.


Hoy tú quieres, Señor, de mí alejarla,

¿por qué quitas su luz, si tú quisiste

al ponerla en mi vida, que al hallarla

fuera amor en la cruz que tú me diste?


Fuiste cruel al mandarme que la amara,

si habías de hacer después que se alejara

y me diera el dolor en que me pierdo;


Mas ya que fuiste así, deja siquiera

que mi lecho final, cuando yo muera

tenga el dulce calor de su recuerdo.